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La paradoja de la educación brasilera

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Escola Distrital Agostino Pataro, Campinas, SP, Brasil, 2010. Fotografía tomada por la autora.

Escola Distrital Agostino Pataro, Campinas, SP, Brazil, 2010. Foto tomada por la autora.

Abstract: Faced with the deplorable circumstances of the Brazilian public school system, the ostentatious amplification of the offer of state university institutions during the government of President Luiz Inácio Lula da Silva, little or nothing has been done to solve the major basic educational problems. Nowadays, the privilege to enter a public university in Brazil is for those who have had the opportunity to receive a basic, elementary and a high school formation with quality, achieved only by private schools. This structural paradox synthetizes the principal fissure of the actual Brazilian public education system: an amplified educational coverage that pretends to benefit a high percentage of school age population, but at the same time it reproduces social inequality, by limiting in a medium term, the access of underprivileged population to superior level education.

Based on a personal experience, this post explores some deficiencies of the public district schools for children between ages 3 and 6. Amongst them, it is worth analyzing the contrast between the scarce number of employees who are part of the staff of the educational institutions, and the quantity of children attended during each school journey. Under conditions that seriously affect the teaching and learning processes, there are up to 40 kids within a classroom under the responsibility of only one teacher.

Cuando llegamos al Brasil para realizar estudios de posgrado en agosto de 2010, mi hijo Santiago, con entonces tres años y medio de edad, ingresó en una escuela pública del distrito de Barão Geraldo, en la próspera ciudad de Campinas. Aunque habíamos oído hablar de las dificultades del sistema educativo en el Brasil, en tanto latinoamericanos procedentes de un país como Colombia, nuestras expectativas eran bastante altas. Al fin y al cabo, el gobierno del presidente Lula había invertido en la mejora de las condiciones educativas de los brasileros como ningún otro en la historia del país. La apertura de catorce nuevas universidades públicas en los últimos años, resultado directo de su gestión, la ampliación general de la cobertura del sistema educativo público, y la aprobación de la comunidad académica nacional en cuanto al éxito de este proceso, hablaban por sí mismas de ello. Todo parecía indicar que se trataba de un momento histórico, y como padres, nos honraba pensar que de alguna manera nuestro hijo formaría parte de este clima de renovación.

No obstante, nuestra idílica confianza se vio frustrada con la primera visita que hicimos a la escuela. A pesar de que las instalaciones parecían seguras y los espacios exteriores eran agradables, las condiciones en infraestructura humana dejaban todo que desear. Diariamente, la escuela atendía un total cercano a los ochocientos niños entre los 3 y los 6 años, distribuidos en una jornada de mañana y otra de tarde. Para dar cuenta de esta elevada cifra, cada jornada contaba con un reducido equipo de planta que no llegaba a sumar las veinte personas entre directivas, área psico-pedagógica, enfermería, personal de aseo, cocina, servicios generales y profesorado.

A este punto, quizás sobrará decir que todas las clases, sin detrimento de edad, estaban a cargo de un único profesor. La clase de mi hijo, para niños con tres años cumplidos al 31 de diciembre de 2009, completaba los 25 cupos, una suma aterradora si se tiene en cuenta que se trata de una fase de desarrollo que requiere, más que ninguna otra, de atención y cuidados especializados. Pero ello se volvía irrisorio cuando se miraba hacia adelante: en la medida en que la edad se incrementaba el número de cupos ascendía, hasta llegar a concentrar 40 niños en una misma sala, bajo la custodia de un solo adulto.

La generosa amabilidad de la directora de la escuela, quien se tomó el trabajo de mostrarnos minuciosamente el lugar y explicarnos en un portugués pausado la logística cotidiana, rayaba en un realismo exacerbado. Cuando pregunté, presa de pánico maternal, a que artes de la metafísica apelaba un profesor para dar cuenta simultánea de 25 niños de tres años, no obtuve más que una respuesta acongojadora: ¡Que Deus nos ajude!…

Esta plegaria histriónica, que incluyó  manos extendidas en dirección al cielo,  me hizo entender, de golpe, que pese a las ruidosas campañas de opinión que pretendían corroborar el éxito de la cruzada reformista del pasado gobierno, el drama de la educación brasilera no se diferenciaba, en la sustancia, de la problemática general de América Latina.

A la fecha de hoy, frente a las deplorables circunstancias del sistema de escolaridad público brasilero, la ostentosa ampliación de la oferta en instituciones estatales de educación superior poco o nada ha hecho en la resolución de los mayores problemas de base. Así, ingresar a una universidad pública en el Brasil no ha dejado de ser privilegio de quienes están en capacidad de acceder a una formación básica, fundamental y media, en costosas escuelas privadas. Esta paradoja estructural sintetiza la principal fisura del sistema de educación pública brasilero: una cobertura amplificada que se ufana de llegar a un alto porcentaje de la población en edad escolar, pero que al mismo tiempo reproduce la desigualdad social, al limitar, en el mediano plazo, sus posibilidades de acceso a la educación superior.

 

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Mayxué Ospina Posse

PHD student of Social Sciences at the UNICAMP in Brazil. Bachelor’s degree (2008), and Master in History (2012).

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